Baluarte de la campiña fronteriza,
en
manos acabó de los Girones,
que
emplazaron en ella sus blasones
y
de los sus despojos la ceniza.
De cercanas canteras de caliza
se
extrajeron sillares por millones
para
erigir iglesias y mansiones
barrocas
con galanura albariza.
Se esfumó de los duques la grandeza,
dilapidó
el duodécimo la hacienda
y,
además, falleció sin descendencia.
Quedó en Osuna la mejor esencia
de
lo que fuera o fuese la nobleza
y
su arquitectura, la mejor prebenda.
Hoy se huelga el plebeyo visitante
de
su encanto y de su alma tan galante.





