Al retablo imponente de Granada
llamaron
Sulayr los agarenos,
montaña de la luz, pues sus serenos
picos
alzan el sol en la alborada.
Atalayan sus cumbres la llanada
que
sus aguas riegan, campos amenos
y
feraces, que eran antaño los senos
que
lactaban a la ciudad murada.
Esta mole colosal un joyero
esconde,
de fauna y flora y de paisajes
que
el ánimo suspenden y arrebatan.
Es su entraña inagotable venero
de
lagunas, lagunillas y venajes
que
en ríos apacibles se dilatan.
Y son también albar resbaladero
sus
más nobles laderas, con tatuajes
infaustos
que su alcurnia desacatan.
¡Oh, fuente de luz que África avizoras,
horizonte caudal de mis auroras!







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