La sociedad chilena es como un pastel milhojas, cada ser
humano en su lugar y su
clase, marcado por su nacimiento
Isabel Allende
donde
Valdivia alzó una ciudadela,
imprescindible
acaso tal cautela
si
te asedia el recelo con la inquina.
De
allí extendiose hasta la falda andina,
y
allende el Mapocho, el río que la desvela;
siguió
creciendo a pesar de la viruela,
y
de los sismos la terrible ruina.
Colmó, al final, la cuenca en que se
asienta,
de
montañas cercada, cual cubeta
desbordada
en sus márgenes sinuosos.
Un alma abstrusa a esta urbe alienta:
altiva,
humilde, adusta y aun coqueta,
a
imagen de sus barrios populosos.
Ciudad colosal, caleidoscópica,
ardua,
laberíntica y entrópica.
Dedicado a Elisa y Sebastián, por lo que ya se dijo,
y a Maritsa, que nos acogió en su morada
del singular y popular barrio de República
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